Entre girasoles

  Cerró los ojos y se imaginó corriendo por un campo dorado entre millones de girasoles que inclinaban la cabeza tras su paso, como haciendo una reverencia. Corría rápido, sintiendo con sus pies descalzos la humedad de la tierra, rozando con sus dedos los suaves pétalos amarillos de esas flores que tanto le gustaban. Corría incansable, veloz, sintiendo el viento en su cara. Corría porque quería huir. ¿Huir de qué? Del tiempo.

  El sol de agosto brillaba radiante esa mañana. A pesar de eso, las temperaturas no eran muy altas. Hacía un día perfecto, en cambio ella seguía agobiada entre esas cuatro paredes que le asfixiaban. Estaba cansada. ¿Cansada de qué? De tanto pensamiento.

  Los pajarillos revoloteaban por el cielo azul alegres, planeando y vacilando al viento que jugaba con ellos. Ella los miraba con envidia, queriendo ser una de ellos. Sentir las alas despegar del suelo, volar alto y no tener miedo. ¿Miedo de qué? Del silencio.

  En el patio de aquella vieja casa ya no quedaba nada ni nadie donde aferrarse. Quería volver a sentir toda esa energía que le devolvía la vida. Volver a ser feliz. Perderse en ella misma. Respiró profundamente y una ráfaga de aire puro con aroma campestre inundó sus pulmones. Cerró los ojos y sintió esa energía. Un impulso que le obligó a avanzar hacia delante. Paso tras paso, con los ojos cerrados, respirando profundamente y cada vez un poquito más rápido. Empezó a correr. Corría y corría hasta que al fin lo sintió. ¿Sintió el qué? El momento.

  Se dejó caer al suelo humedecido y sonrió alegremente. Al fin lo había conseguido. Estaba viviendo el momento, ese momento que venció al tiempo dejándolo sin pasado ni futuro, sin ningún tipo de pensamiento y aprendiendo del silencio.

  Abrió los ojos y se encontró ahí, tumbada en la tierra bajo la sombra de millones de girasoles que la miraban desde arriba, radiantes de felicidad y energía. Los rayos del sol se asomaban entre los pétalos amarillos de sus flores favoritas dándole los buenos días. Y fue ahí, en aquel instante, cuando se encontró a sí misma, perdida entre girasoles.

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