La magia de una noche

  Después de siete horas de viaje al fin llegué a mi rincón favorito del mundo, esa playa que me había visto crecer en mis vacaciones de verano durante quince años. Estacioné el coche en un rincón del parking y tragué saliva antes de abrir la puerta. Sentí ese viento de Levante con aroma a sal golpear mi cara y una sonrisa se dibujó en mi alma. Hacía tanto tiempo que no pisaba su arena, tanto que no me bañaba en sus aguas, que no sabía por dónde empezar; así que, simplemente, me dediqué a observar.

  Todo estaba igual, nada había cambiado. Un poco más de rocas en la zona sur, quizás. La calita se me hacía pequeña ahora. Me fijé en un grupo de niños, adolescentes, de unos catorce o quince años, llevando madera y leña para empezar a hacer su hoguera. Me recordé a mí misma veinte años atrás, cuando no existían las preocupaciones serias, cuando el niño que me gustaba se sentaba a mi lado en la arena, mientras veíamos al fuego consumir esa madera que hacía unas horas acabábamos de traer. Había pasado demasiado tiempo de todo aquello. Sin embargo, ahí estaba de nuevo, buscando un lugar en el mundo donde encontrarme y, guiada por una fuerza extraña o por la brisa del mar, ahí me encontré.

  Bajé las escaleritas que llevaban hasta la playa. Laura me había dicho que ya estaban en el mismo lugar donde siempre nos solíamos poner. Mis pies descalzos tocaron la suave arena y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. ¿Por qué has tardado tanto en volver? Me pregunté a mí misma, mientras los nervios, la emoción y la alegría me invadían por dentro. Caminé despacio, observando a toda la gente preparándose para aquella noche mágica. Pero algo me detuvo de pronto. Ahí estaban, todos ellos. Vi a Laura saludarme desde lejos. Respiré hondo y ya no pude contenerme más. Mis piernas corrían torpes, lo más rápido que podían para llegar donde mis amigos me miraban con caras de sorpresa, alegría, incredulidad. Tenía ganas de llorar y no pude contener alguna lagrimilla cuando Laura me abrazó fuerte. Poco a poco sentí como todos ellos me abrazaban, chillaban de emoción al verme. Había sido una verdadera sorpresa, hasta me había sorprendido a mí misma, después de veinte años sin verlos, sin hablar con ellos y sin volver a aquel lugar que me llenaba de vida.

  Ya estaba todo preparado, sólo faltaba encender la hoguera, pero yo seguía nerviosa. Estaban todos mis amigos de la infancia con los que veraneaba, con los que pasaba mis mejores noches, esos días de verano, de vacaciones sin hacer nada. Estaban todos, excepto él. Ni si quiera me había atrevido a preguntar por Joan. Algo me decía que aparecería, pero no sabía nada de él desde el último día que pisé esa playa, el día que en la despedida me regaló el primer beso y me prometió que nos veríamos al año siguiente. Pero yo nunca más volví, hasta ahora.

  Rubén encendió la hoguera y el fuego empezó a arder. Marc con su guitarra y Olga cantando, como solíamos hacer, como si el tiempo hubiese retrocedido, pero nosotros seguíamos estando con unos cuantos años más. Me di cuenta de que ya nada me preocupaba, de que estaba en donde tenía que estar. Me sorprendí a mí misma cantando, sin pensar en nada más, viviendo el momento, el presente, el ahora. Y en medio de todo ese jolgorio, todo se detuvo cuando una mano tocó mi hombro. Se me estremeció el cuerpo entero, pero no tuve el valor de girarme. Sentí su presencia sentarse junto a mí en la arena y no tuve más remedio que girar la cara cuando vi que me tendía un papel y un bolígrafo. Entonces le miré, después de veinte años ahí estaba él. Con una sonrisa en la cara y esa mirada, deteniendo el tiempo y haciendo que todo desapareciera. Ninguno de los dos dijo nada. Le devolví la sonrisa y mi mirada delataba melancolía, pero era hora de hacer que la magia de la noche actuara. Escribí en aquel papel todos mis temores, mis dudas, mis indecisiones, mis preocupaciones… ya nada valía, acababa de poner punto y final a mis problemas empezando una nueva página, donde apunté sólo mis mayores deseos y el secreto para ser feliz, el amor. Lancé el papel a las llamas y observe cómo el fuego devoraba todo aquello de lo que quería huir.

  Fue entonces cuando su voz sonó cerca de mi oído, como un susurro.

_ ¿Dónde has estado todo este tiempo?

_ Buscándome, pero ya me he encontrado. _ Le dije, apartando los ojos de las llamas y buscando su mirada. _ ¿Y tú?

  Él me sonrió y me contestó sorprendiéndome:

_ Aquí, esperándote.

  Entonces me agarró de la mano, me levantó y, sin pensarlo dos veces me vi saltando esa hoguera donde el fuego quemaba nuestros miedos, junto a él. La magia de la noche de San Juan me había devuelto todo aquello que un día perdí y juntos, después de tanto tiempo, hicimos de la noche más corta la más larga madrugada que un día quisimos soñar.

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