Gin-tonic

  Le dio un sorbo al gin-tonic que el camarero le sirvió en una copa de balón. Más cargado de lo normal el alcohol le acuchilló la garganta, mientras su lengua saboreaba la amargura que le quedaba en la boca. Cerró los ojos y respiró profundamente, sintiendo el olor de la ginebra quemar sus pulmones. Los abrió y sus miradas se encontraron. Ninguno dijo nada y volvió a centrarse en su copa, que la esperaba con tristeza, donde los hielos se deshacían dentro de ella, como el vacío que sentía en su interior. Él se levantó y le besó en la mejilla antes de salir por la puerta. Un beso que le apuñaló el alma, un dolor que sólo el sabor de aquel amargo gin-tonic lograría apaciguar. Tomó otro sorbo apurándolo al máximo. Sintió que todo su ser se desvanecía y, entonces, cerró la puerta de su corazón.

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