Seis y media

  Como cada mañana se despertó al escuchar el sonido del despertador. Las manecillas de un viejo reloj que adornaba la pared de su habitación marcaban las seis. Se levantó y fue directa al aseo. Su cara delataba que se moría de sueño, que desearía poder quedarse un rato más en su cama de sábanas blancas, pero valía la pena madrugar. Siempre valía la pena. Una ducha rápida con agua tibia y su aspecto era otro. Eligió un vestidito de lino blanco para aquel día. Su piel dorada y su cabello negro resaltaban aún más. Salió de casa descalza y se dirigió a la antigua cafetería que hacía esquina. Eran las seis y veinte, aún le sobraban diez minutos. Pidió su cappuccino y se sentó en el mismo banco de siempre a esperar.  El tiempo pasaba lento, pero ella aparentaba estar tranquila. Entonces apareció. Salió de un destartalado coche del 97 y pasó por delante de ella. Todo su cuerpo se estremeció cuando él le sonrió. Pero pasó de largo una vez más. Pidió su café y cuando lo tuvo dio media vuelta y regresó por donde había venido. Sus miradas se volvieron a encontrar, pero ninguno de los dos dijo nada. Subió al auto y se marchó, mientras ella le observaba alejándose por aquella carretera infinita. Siempre valía la pena madrugar, porque cada día a las seis y media, esa sonrisa le hacía olvidarse de todo lo demás, alegrándole el resto del día.

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