Septiembre del 89

  A pesar de ese calor bochornoso de principios de septiembre, un ambiente frío se fue apoderando de aquella vieja estación de tren. Llegó el momento que tanto habían estado alargando, pero ahora ya era inevitable. Las maletas quedaron olvidadas durante un tiempo a sus pies. Sus miradas se cruzaron. Una sonrisa tranquilizadora se dibujaba en su cara y le decía que todo iba a salir bien; en cambio, sus ojos delataban la tristeza que sentía por dentro al verla partir.

  Ninguna de las dos eran de muchas palabras a la hora de expresar sentimientos, pero bastaba una simple mirada para decirse todo lo que pensaban. En aquel momento necesitaba expresar lo que sentía, quería decirle muchas cosas que nunca le había dicho, pero al final, como siempre, sobraban las palabras. Se abrazaron y el tiempo se detuvo de golpe. Era un abrazo sincero y cálido. Tan cálido que el ambiente frío de la estación se desvaneció por unos segundos. Le arropó fuerte entre sus brazos, como cuando era pequeña y tenía miedo a la oscuridad, entonces ella le abrazaba para que sintiera que estaba ahí, para que no tuviera miedo. Sin embargo, esta vez era ella la que sentía un miedo incontrolable de que pasara mucho tiempo hasta que la volviera a ver.

  Cerró los ojos fuertemente y consiguió burlar al tiempo, regresando a aquel lejano septiembre del 89. Las dos sentadas en la orilla de la playa haciendo castillos de arena mientras observaba a esa niñita reír a carcajadas. La cogió en brazos y la llevó hasta que las pequeñas olas del mediterráneo salpicaban sus rodillas. Jugando en el mar estaba tan graciosa… Pero el día iba cayendo, igual que el final de ese verano. No pasaba nada, aún quedaban muchos veranos para disfrutar. Entonces, el tiempo le devolvió a la realidad. Abrió los ojos y se encontró nuevamente en aquella vieja estación veintisiete años después de ese fantástico día en la playa. No podía creer que todo ese tiempo haya pasado tan fugaz, así sin darse cuenta. Aun así, no quería soltarla, no quería perderla, aún no. Pero era inevitable…

  Una voz anunció la última llamada para subir al tren a los pasajeros. Se volvieron a mirar y, con la misma sonrisa le salió del alma un “cuídate” de despedida. Y mientras el tren se alejaba, ella observaba desde el andén la partida de su niña, deseando poder volver a aquel septiembre de 1989, donde la única preocupación era que el mar no se llevara aquel castillo de arena.

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